Mostrando las entradas con la etiqueta yann tiersen. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta yann tiersen. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de abril de 2011

La noyée (o mi nuevo compañero de paseos)



Me aprovecho del tiempo, y lo siento. De hecho las cosas no siempre son lo que parecen, aunque me queda claro que así a veces funcionaría mucho mejor. En este caso sería mucho mejor para ti, creo, mi vida de apariencias. Yo tengo que decirlo al menos una vez: me gusta mucho mirarte, bien. Y muy bien, incluyendo esas ganas terribles de acercarme y pasar mi mano por tu cara, reconociendo bien cada centímetro y haciéndolos míos, por un ratito, para que tu silueta me resulte de lo más familiar al tacto, bajo cualquier circunstancia. Me gusta, también, la idea de pasear contigo, y que hagas tuyos mis caminos. Pienso mucho con la idea de coger tu mano y ya. Sólo cogerla al caminar, y no mirarte, porque eso implicaría una serie de explicaciones que probablemente no quiera dar, ni recibir. Egoísta, lunática, pero ¿por qué no hacerlo? I mean, no creo que haga falta más. Creo que me gusta la idea de dar paseos contigo, ser tu Amélie Poulain - don't worry, ya lo superaré.




<3

sábado, 8 de noviembre de 2008

Soir de fête




Y, por fin, c'est fini.

domingo, 19 de octubre de 2008

La Dispute (o las dos caras de mi limeña moneda)




X: creo que sólo tengo ganas de "ver y visitar" Lima, no me gusta la ciudad como para vivir en ella. Lima siempre será Lima, y eso es lo malo. No evoluciona, no cambia.

P: a ver, acá podría decirte varias cosas, y no puedo escoger cuál, así que no diré nada.

X: dime una, la que tú quieras, y la que creas más importante

P: hmm la más importante, pues

X: dime

P: Lima no siempre será Lima. Nuevas cosas aparecen, las calles cambian, nueva gente transita, abren nuevos lugares y las estaciones del año no se contentan con el período de meses que les toca. Y todo esto no lo sabes a ciencia cierta porque no vives aquí.
Por otro lado, Lima siempre será Lima porque las cosas viejas no desaparecen, porque las mejores calles se quedan como están, porque la gente antigua sigue en las bancas y cafés de miraflores, los lugares de antaño siguen igual, y las estaciones se quedan - los veranos son asquerosos y los inviernos terrible (y encantadoramente) fríos.

P: Y lo sabes porque vienes de visita, y la gente te lo cuenta tal cual

X: Lima es así desde hace mil años… Todas las ciudades hacen eso. Yo hablaba de..

P: de qué

X: todo en general... evolucionar, no abrir tiendas nuevas, cambiar el modo de la gente, no mejorar calles. Lima es una ciudad muy bonita, pero desorganizada y anclada en no querer evolucionar, y eso termina por atraparte.

P: sólo si eres lo suficientemente (o poco) inteligente para que lo haga.




sábado, 20 de setiembre de 2008

Guilty (o encantados de noche)

"Is it a sin, is it a crime
loving you dear like i do.
If it's a crime, then i'm guilty
guilty of loving you."


Act one, in which P llegó más que muerta a su casa, a desbaratarse en su cama y conciliar un poco de sueño. Dos sonrisas y una lágrima después, fue despertada por su madre para que la acompañara a realizar un par de diligencias, para lo cual se emperifolló más que un poco, y decidió usar su muchísimo más que preciosa faldita (globo) nueva. “C’est parfait”, pensó, y buscó las pantys y los tacones respectivos, no sin antes desilusionarse un poco más de la vida y ponerle un poco de rojo a su boca.

Acto seguido, en el cual todos, absolutamente todos los hombres que se cruzaron en su camino voltearon a verla, sin ser paranoia de P, claro, porque fue corroboradísimo por su madre (“Algo tienes hoy, sinceramente: ningún hombre deja de verte”). Y claro, inevitablemente, eso produjo que sus mejillas pálidas se tornaran rosadas, y que en su inexpresiva cara brotara media sonrisa. Y siguieron caminando, y compró las entradas para ver a su queridísimo Rodolfito, y luego se topó con todo un galán de ojos preciosos que le sirvió amablemente un frapuchino de caramelo (y que por supuesto no dejaba de mirarla). Eventualmente, P se sintió un poco apabullada por toda la situación, y decidió que era tiempo de regresar a casa.

Acto tercero: entradísima la noche, con previos de más y buena compañía, decidieron ir a un bar novísimo. Y de yuppies, porque una de ellas tenía una especie de fijación con ese tipo de hombres. De los tantos que la abordaron, sólo recuerda fehacientemente a tres: Rodrigo, Enrique y Fernando.

Rodrigo era realmente encantador, parecía salido de Wall Street, con un impecable traje que revelaba su muy buen gusto para vestir. Se acercó con un “Hola, ¿puedo invitarte un trago?”, y sonrió. “Sí, claro – un apple martini, por favor”. Después de que ella se presentase, él hizo lo suyo: finanzas, máster en el extranjero, muy buen trabajo, departamento en el Golf y BMW del año – yada yada yada. Rodrigo resultaba ser el perfecto muñequito de torta al cual (desgraciadamente) no le gustaba la música de los setentas; sin embargo, P fue de lo más cordial hasta que acabó su copa, y se excusó para retocarse en el baño luego de que éste le diera su tarjeta, le dijera lo mucho que esperaría su llamada y le diera un beso.

Enrique había estado analizando la situación desde el otro extremo de la barra, calculando sus posibilidades y siguiendo, luego, cada paso de P a la pequeña cola del baño. “Disculpa, pero no pude evitar venir e invitarte un cigarro – no parecía que estuvieses teniendo la conversación de tu vida con ese sujeto”. P lo miró detenidamente, le sonrió y aceptó su propuesta. “En realidad todo iba ‘bien’ –tomó una bocanada de humo– hasta que dijo que no entendía la música de los setentas, y que Led Zeppelin le parecía overrated”. Botó el humo, y esperó una respuesta honesta. “No puedo creer que haya dicho eso del cuarteto más grande del rock ever”. P sonrió abiertamente. “Me declaro fan acérrimo de Led Zeppelin, es mi banda favorita por excelencia” – “No way, ¡es MI banda favorita! Me quedé muda cuando dijo lo sobrevalorada que la consideraba”. Ambos conversaron y sonrieron por un lapso de quince minutos, hasta que una chica apareció detrás de él y le cogió el hombro, mirando fijamente a P. “Amor, ¿nos vamos?”. P rió, se acomodó el cabello detrás de su oreja izquierda, y caminó a la barra del segundo piso. "Irónico", pensó.

Había un sitio libre al costado de un chico que le recordaba mucho a un preciso amor platónico de hace como dos años. Sin pensarlo dos veces, se sentó silenciosamente, cruzando la pierna derecha sobre la izquierda, revelándole un poco más de piel a la noche. Él la miró, y le sonrió. Ella lo miró, recostando un poco para atrás su cabeza, y le devolvió la sonrisa. Se presentaron, conversaron, tomaron un par de tragos y verdaderamente se gustaron. Fernando fue la cerecita de la noche de P, y quien por fin le quitó un poco lo rojo de la boca. Fue, también, el único que se llevó su número, y a ella a su casa.
Qué noche.

miércoles, 17 de setiembre de 2008

Comptine d'été nº2 (o extractos de dieciocho y treinta pe eme)

Mírame, y observa cada detalle de mi fisonomía con cuidado.

Recuerda bien la sombra que proyecta mi cabello sobre mis hombros, y el camino de pecas que va de mi cuello hacia… Bésame –sin prisa– y juega con mis labios. Muéstrales toda la empatía que casi veinte (largos) años no les mostraron jamás por… Abrázame, y estrújame contra tu pecho. Siente cada latido de mi no corazón (suyo) perdido, y adivina cuánto me toma poder acompasar mi respiración con la tuya.

Entonces, y sólo entonces, súbeme la falda despacio, despacito, aclimatando cada centímetro de muslo que vayas desprendiendo de tela al híbrido ambiente que creaste en tu living room – te gemiré al oído las cosas más dulces que hayas escuchado nunca.
Ven, y arrebátame (once and for all).

miércoles, 10 de setiembre de 2008

Pas si simple (o carta para ti)

A: _________
De: __________


Te extraño a ti, y al vaivén de tu pelo a través del auricular.
También tu acento desgastado y la manera de reírte tan tuya
que me hacía (hace) sonrojar.
Extraño levantarme con la rara sensación
en mi pecho (y mariposas en el estómago)
de que será el mejor día de mi vida, y de caminarlo discretamente
con una sonrisa estampada en la cara.
Extraño decirte las cosas más
delicuescentes que mi boca
me permitía articular sólo (y quizás sólo)
porque era terriblemente tarde al otro lado del mundo,
y eras tú, y era yo
a siete horas de distancia
(tan tuyas como mías)
contándote los cuentos que a nadie detallé jamás.
Extraño la boca de
anís que nunca tuve,
y que de haber tenido no hubiera cambiado
ni por mil trescientos cincuenta y cuatro besos de moza,
no.

Te extraño a ti
porque de golpe era feliz,
y cosas por el estilo.

P.D.: Pas si simple (rire sans toi).

martes, 2 de setiembre de 2008

Si tu n'etais pas là (o como realmente no estás, y estás)

"Les projets que je fais
Presque sans trêve
Les beaux soirs ou l'espoir
Berce mon rêve
Nos tourments bien charmants
Si loin du monde
C'est à toi que je dois
Ces joies profondes"


Paula se encontraba cómodamente sentada en el asiento azul de una sexta fila dentro de un auditorio desafortunadamente –nada– lleno, en medio de un seminario de algo así como Derecho Administrativo, a eso de las dieciséis y cincuenta minutos pe-eme.
“A qué sujetos se le aplica la ley”, repetía incesante Hugo Gómez, y una diapositiva mostraba luego a quiénes no el D.L. 1034. Era puro y refinadísimo bla bla bla. Ella escribía con su fiel lapicero morado, y todos creían inútilmente que seguía la riquísima exposición del muy buen nerdy Hugo. Escribía, y pensaba. Todo el camino de apestoso tráfico alucinó un poco con “conocer” a cierto personaje.

De ahora en adelante lo denominaremos simplemente “R”.

Por pura casualidad (o simple causalidad de comercios y domingos aburridos) Paula se topó con la mirada de R –perdida, preciosa, y hasta algo polígama– que le hacía ojitos desde una página bastante periódica. Lo tildaban de escurridizo, pero a ella no se lo ocurría otro adjetivo que no fuese rico. Riquísimo. Per-fec-ti-to. R era el justo cliché de artista no arty y barba descuidada (bastante precisa) más linda que había visto en su ya no tan corta vida. Sus ojos, su boca… cerró sus párpados y trató vagamente de imaginarse en un balcón –su balcón– y de tenerlo a escasos centímetros de su cuerpo, el cual moría por tumbarlo sobre el edredón de plumas de ganso y…

“¿Qué prueba la autoridad con una y otras regla?”, continuaba Hugo con sus principios de licitud y razonabilidad. Paula miraba pícaramente al expositor de apellido curioso mientras mordía su lapicero, tratando en vano de ser coqueta – tratando, también, de seguir soñando despierta con el balcón, la barba y las plumas.

Entonces moría por tumbarlo sobre el comodísimo edredón, caminar por encima de su pelo hasta llegar a su oreja y, una vez allí, susurrarle los cuentos más delicuescentes. Y, justo en el momento más “intenso”, estamparle media sonrisa en su boca de jazmín – porque era definitivamente de jazmín.

Abrió su chupete de fresa, y se lo metió a la boca descuidadamente mientras escuchaba la canción de su caprichoso bombón boca de anís. Y jugaba con él, frotándolo contra su labio superior e inferior. En realidad no podía seguir sentada en esa sexta fila, al menos no pensando en miles escenarios posibles y en sus balcones y edredones. Decidió finalmente pararse, e ir a casa.

Y así lo hizo, recordando -por supuesto- a su bombón de anís.

domingo, 31 de agosto de 2008

La Redécouverte (o necesidades primarias y no tan radicales)



En ese entonces debía tener más o menos cuatro, o quizás cinco años. Era algo así como la inocencia encarnada – podía incluso ser el prospecto perfecto de niña naif. Era exactamente todo lo que debía ser, y tenía más que precisamente lo que debía.
Nunca nadie se cansó –jamás– de hacerla reír, y comprarle algodones de azúcar; de tomarla de la mano para cruzar las calles; de cargarla con ternura para que pudiera alcanzar el pote del azúcar para hacer galletas; de hacerla dormir siestas después de almorzar para que descansara todo lo jugado en la mañana; y, above all, de contarle cuentos por las noches para que durmiera quieta, abrazando su oso de felpa.

Fue descubierta así, más o menos cuando tenía cinco, o cuatro años.

Ahora, más o menos dieciséis años después, se pregunta en dónde quedó todo aquello. Qué pasó con los algodones de azúcar, los potes sobre el refrigerador, las siestas después de almuerzo, los cuentos por las noches y los osos de felpa. Y fue entonces que “como Don Quijote, decidió que debía embestir contra los molinos de todas las miserias de la vida”, y ser redescubierta.

Paula veut être redécouverte – pero de verdad, y para “siempre” (léase “siempre” como un largo y no tan inconstante período de tiempo).