Act one, in which P llegó más que muerta a su casa, a desbaratarse en su cama y conciliar un poco de sueño. Dos sonrisas y una lágrima después, fue despertada por su madre para que la acompañara a realizar un par de diligencias, para lo cual se emperifolló más que un poco, y decidió usar su muchísimo más que preciosa faldita (globo) nueva. “C’est parfait”, pensó, y buscó las pantys y los tacones respectivos, no sin antes desilusionarse un poco más de la vida y ponerle un poco de rojo a su boca.
Acto seguido, en el cual todos, absolutamente todos los hombres que se cruzaron en su camino voltearon a verla, sin ser paranoia de P, claro, porque fue corroboradísimo por su madre (“Algo tienes hoy, sinceramente: ningún hombre deja de verte”). Y claro, inevitablemente, eso produjo que sus mejillas pálidas se tornaran rosadas, y que en su inexpresiva cara brotara media sonrisa. Y siguieron caminando, y compró las entradas para ver a su queridísimo Rodolfito, y luego se topó con todo un galán de ojos preciosos que le sirvió amablemente un frapuchino de caramelo (y que por supuesto no dejaba de mirarla). Eventualmente, P se sintió un poco apabullada por toda la situación, y decidió que era tiempo de regresar a casa.
Acto tercero: entradísima la noche, con previos de más y buena compañía, decidieron ir a un bar novísimo. Y de yuppies, porque una de ellas tenía una especie de fijación con ese tipo de hombres. De los tantos que la abordaron, sólo recuerda fehacientemente a tres: Rodrigo, Enrique y Fernando.
Rodrigo era realmente encantador, parecía salido de Wall Street, con un impecable traje que revelaba su muy buen gusto para vestir. Se acercó con un “Hola, ¿puedo invitarte un trago?”, y sonrió. “Sí, claro – un apple martini, por favor”. Después de que ella se presentase, él hizo lo suyo: finanzas,

máster en el extranjero, muy buen trabajo, departamento en el Golf y BMW del año – yada yada yada. Rodrigo resultaba ser el perfecto muñequito de torta al cual (desgraciadamente) no le gustaba la música de los setentas; sin embargo, P fue de lo más cordial hasta que acabó su copa, y se excusó para retocarse en el baño luego de que éste le diera su tarjeta, le dijera lo mucho que esperaría su llamada y le diera un beso.
Enrique había estado analizando la situación desde el otro extremo de la barra, calculando sus posibilidades y siguiendo, luego, cada paso de P a la pequeña cola del baño. “Disculpa, pero no pude evitar venir e invitarte un cigarro – no parecía que estuvieses teniendo la conversación de tu vida con ese sujeto”. P lo miró detenidamente, le sonrió y aceptó su propuesta. “En realidad todo iba ‘bien’ –tomó una bocanada de humo– hasta que dijo que no entendía la música de los setentas, y que Led Zeppelin le parecía overrated”. Botó el humo, y esperó una respuesta honesta. “No puedo creer que haya dicho eso del cuarteto más grande del rock ever”. P sonrió abiertamente. “Me declaro fan acérrimo de Led Zeppelin, es mi banda favorita por excelencia” – “No way, ¡es MI banda favorita! Me quedé muda cuando dijo lo sobrevalorada que la consideraba”. Ambos conversaron y sonrieron por un lapso de quince minutos, hasta que una chica apareció detrás de él y le cogió el hombro, mirando fijamente a P. “Amor, ¿nos vamos?”. P rió, se acomodó el cabello detrás de su oreja izquierda, y caminó a la barra del segundo piso. "Irónico", pensó.
Había un sitio libre al costado de un chico que le recordaba mucho a un preciso amor platónico de hace como dos años. Sin pensarlo dos veces, se sentó silenciosamente, cruzando la pierna derecha sobre la izquierda, revelándole un poco más de piel a la noche. Él la miró, y le sonrió. Ella lo miró, recostando un poco para atrás su cabeza, y le devolvió la sonrisa. Se presentaron, conversaron, tomaron un par de tragos y verdaderamente se gustaron. Fernando fue la cerecita de la noche de P, y quien por fin le quitó un poco lo rojo de la boca. Fue, también, el único que se llevó su número, y a ella a su casa.
Qué noche.