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domingo, 7 de junio de 2009

Nocturno en sol (o noche de apagón)

Las calles eran vías vacías, oscuras. La luz se había desvanecido.

Parecían las cinco de la madrugada – era mi nocturno en sol.



Me gustas un poco tú, y la idea de ti también, pero no estoy segura. Y quizás no lo esté por motivos bastante irónicos, virulentos. Amanecí pensando en cómo me habría carcomido la incertidumbre si no hubiera sido por el brío de tus ojos que esperó casi al final de la noche para salir –bajo mi cuidado, claro– y a través de tu boca, y la mía, y mis puntas de pie. Fue incierto, como la típica escena de película adolescente que, como director, no sabes si hacer que la repitan, o dejarla tal cual. O sólo ponerla en el DVD, en la sección de escenas “borradas” que sólo ven contadas personas por purita “adhesión” a los personajes. Las gelatinitas de colores, esas sí que las hubiera borrado, y la gente que estaba por ahí también, además del frío. Pero a tus labios no, ni tampoco cada cosa que hiciste desde que llegué para hacerme sentir bien – mucho más que bien, genial.


Y ahora no sé, simplemente no sé. Cómico, ¿no? La primera vez en mucho tiempo que siento cada una de las cosas que registré debía sentir, y no. Es el limbo, verdaderamente. Es no poder desprenderme de una etapa y empezar la siguiente. Es exactamente como quedar atrapado en un apagón. Quizás muchas personas concuerden en que a veces las transiciones son mucho mejor, pero en este caso parecen revertirse los efectos. Sólo tengo una duda, y una sola: “¿dónde está mi etapa ‘femme fatale’?” Detrás de esas gafas, quizás, o en la próxima fiesta – no lo sé. Lo que sí sé es que mis tendencias pusilánimes necesitan irse, verdaderamente, pero nunca tan lejos como parar perderlas de vista; y tú, pues, creo que deberías hacerle mérito al nombrecito que decidiste llevar.


No sé si te diste cuenta, pero quise acercarme a tus labios más veces de las que puedes contar con una mano, o con trescientas veinte velitas misioneras. Desearía haber sido más diligente, y haber dicho cada una de las cosas que tenía en mente. Sólo diré que hoy no me come ninguna incertidumbre. Gracias.


sábado, 11 de octubre de 2008

Waltz for Marguie (o nochecita de tres pe's)

Le cogía las manos con la devoción de cuatro feligreses en un domingo de Pascua, sólo para asegurarse de que estaban allí, y en ningún otro lugar. Entonces la miraba detenidamente a los ojos, y ella le sonreía: parecían amarse de toda la vida. Caminaban entre la gente casi al mismo paso, buscando sus asientos como si hubieran llegado hasta ése preciso lugar a buscar cobre. Ella miraba el escenario con cara de niña risueña que acaba de descubrir lo delicuescente que resulta un algodón de azúcar desvanecido en la boca – “Será muchísimo más que genial, será la vida entera” dijo, y quien le tomaba las manos le cogió el rostro y le dio un beso. “Siempre te ____ré por esto”.

Pocos minutos más de lo acordado pasaron, y se apagaron las luces. Cada nota que desprendían sus dedos (sobre su elemento) causaban conmoción en todos los presentes, pero más aún en aquellas dos personas que no podían, en su asombro, creer su suerte. La melodía sutilmente gris con la que comenzó (la que suena precisamente ahora) fue la mejor, el momento más íntimo, más cálido, más anhelante, con el que se enamoraron, comprendieron y aborrecieron la vida y todos sus instantes, maldijeron su suerte de ladrillos felices, y en el baño de la esquina del lugar sellaron todas sus diferencias con un beso (improvisado).

Fue una promesa, un idilio de pimpollos que hace no mucho salieron del cascarón, no necesariamente preparados para vivir todo lo que -hasta ahora- les había traído el camino, pero sí para fumar al lado de éste, simplemente esperando a que todo (finalmente) pase. Así, sin más, querían ser todo.
Querían creer que podían más que el amor, y ser más fuertes que el Olimpo; que podían quedarse o escapar sin decirle a nadie, y dar y amar y hacerlo fácil; que sus vidas no eran más sus vidas, pero que eso estaba ok; que llevan un destino errante, y marcas en la piel… que para ellos ESO resulta ser el amor después del amor.

Fue una más de las mejores nochecitas limeñas.
Precioso, preciso, perfecto.

martes, 26 de febrero de 2008

Ciudad de pobres corazones (o míticos cíclopes que van, y vienen).

Buen día lexotanil,
buen día señora, buen día doctor.
Maldito sea tu amor,
tu inmenso reino
y tu ansiado dolor.






La tarde de encuentros fortuitos y putos corazones.

Nunca antes el juego de los cíclopes se había tornado tan intenso como ahora.
Y era precisamente ahora que Paula recordaba a todos y cada uno de los cíclopes que tenía guardados en su mitología.
Mítica mitología eh, mí-ti-ca.

Y grande, porque Paula no era de pequeñeces, no.

martes, 15 de enero de 2008

Al lado del camino (o cómo tomar una decisión)


Me gusta estar a un lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa
me gusta regresarme del olvido
para acordarme en sueños de mi casa
del chico que jugaba a la pelotadel 49585




Debes elegir uno de estos dos caminos, pero sólo uno. El de la izquierda parece ser más sincrónico, simultáneo. Te hará reír, y podrás entenderte fácilmente con él sin necesidad de explicaciones minuciosas, pero es bastante verde. El de la derecha, por otro lado, aparenta ser realmente seguro, confiable. Inventará mil formas de tenerte feliz y contenta, pero se encuentra lejos del rango común que usualmente escogerías.

Definitivamente, Paula estaba en aprietos. La sola idea de tener que elegir le causaba horror, hacía que su pecho se enfriase y que le resultara dificilísimo respirar e incluso pensar claramente. Nunca fue buena para hacer elecciones, pero siempre había manejado sus emociones a la hora de hacerlo, entonces ¿por qué ahora se le hacia tan difícil? ¿qué camino debería escoger?

miércoles, 19 de diciembre de 2007

La Verónica (o como de risas y gritos callasen silencios)

Roma no estaba tan mal,
debo admitir nada mal
algo mantiene el hechizo pensó,
y se dejó llevar por un tipo
que bajaba solo por la calle del calvario
plano secuencia real, solo debo caminar.


Inhala. Era el tiempo delicuescente, algo como un muy elegante chocolate o un tenue paseo de columpio. Y algo así como cien letras y humo empezaron a dar vueltas sobre el encorvado y robusto árbol que se había decidido por prestarnos una cautelosa sombra mientras nos dábamos trescientas treinta y tres veces de narices con aquel buen estupefaciente procurado por un polaco. Risas. Terribles y disonantes risas emergían de sus bocas, sin pleno o previo consentimiento. Era la mejor hora del verde heno, definitivamente. Nunca antes fue tan necesario, entonces, escuchar su voz y hacerle saber lo terriblemente bien que la estaba pasando sin su execrante moral, tan tajante y difusamente reprobable como cualquiera que hubiese vivido la bonne folle vie. Y con una de esas radiofónicas cosas di en el blanco. Exhala. "Aló, ¿quién es?" - dijo. Atiné a fumar, y reir - "la bonne folle vie, Verónica".