No podía dejar de mirarla, y hasta parecía comerla con los ojos. Toda, toda, desde su escote nada mojigato, hasta sus largas y contorneadas piernas ligeramente cubiertas por unas pantys que no podrían asegurarle calor alguno en las frías calles barranquinas. Qué rica está – pensaba ella. Será para mí, y sólo mía.
- ¿Tienes fuego? –dijo, haciendo un gesto de encendedor.
Sí, y te prendería todita – pensó. No podía decir eso, aunque se moría de ganas por hacerlo. La asustaría, y luego no tendría oportunidad alguna de abordarla más adelante.
Sí, claro, toma. Y le encendió el porrito que tenía.
- Es un imbécil, realmente lo es. No sé por qué siempre me pasa lo mismo. Creo que seré monja, o lesbiana. Rió.
Me parece una excelente idea, lo segundo, digo.
Y le sirvió un poco de cerveza.
Acto seguido: la besó. Sus labios eran tan suaves y rosados como los venía adivinando. Ella no la alejó, y para su sorpresa le devolvió el gesto tiernamente.
¿Qué demonios pasa acá? Nada, nada.
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jueves, 16 de octubre de 2008
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