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viernes, 28 de diciembre de 2007

Cuarta o vencida.

Tan solo unos minutos pasaron y por la esquina se asomó una silueta conocida: era Eduardo. Él leyó mi mirada y entendió de inmediato lo que ocurría, incluso más rápido de lo que creí. Sin más, nos levantó y llevó dentro de la fachada coral rústico, dejando a Gabriel en el sofá verde petróleo que había en la salita.

Al instante en que cerró la puerta, Sergio Martín bajó apuradísimo las escaleras, cuando de pronto se quedó estático al encontrar tremenda escena: Gabriel en el sofá, su amor platónico tumbado a su costado y la mirada de Eduardo –tan urgente como desconsolada– lo decía todo: había muerto, o al menos eso parecía.

FIN. (O no, no sé, se supone que era un cuento de esos que se hace en el colegio para algo así como los juegos florales, y dadas las escasas dos horas que te daban para redactar eso fue lo que "salió")

Ah, nunca supe si Gabriel era hombre o mujer. Supongo que cuando sea grande y tenga muchísimo más tiempo libre del que ahora dispongo para extenderme con Gabriel será una pequeña novelita.

jueves, 27 de diciembre de 2007

La tercera que no era vencida.

Fue uno de los besos más extraños de toda mi vida cuasi-adolescente. No supe si contenerme o alejar a esa extraña persona que, en un momento de vacilación, tomó a mi boca como rehén. Sentía su sufrimiento, claro que en un porcentaje menor, y eso era lo que dolía más.

Esa tarde quedará clavada en mi memoria como la más latente, la más muerta, la que disfrazada de sombras se dejo ver. No tengo cómo explicar con palabras lo que paso a continuación: Gabriel yacía inconsciente en mis brazos, y ambos empeñados en el suelo de la vereda.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Y la parte dos.

Gabriel aun tenía la inmadura edad de dieciséis, asistía regularmente a su buen colegio Markham. A veces regresaba a las dos de la tarde, otras veces a las cuatro, pero siempre regresaba. Su hermano no tenía hora de salida ni llegada – supongo que eso era lo que me gustaba más de él…su libertad. A pesar de que Sergio Martín tenía infinidad de enamoradas, sólo recuerdo que le haya sido fiel a una: Vivi. Ella era alta, morocha, potoncita…sus ojos inspiraban sexo; sus piernas, deseo. Era la única frecuente de esa fachada coral rústico, además de Eduardo, claro está. Él, siendo el mejor amigo de Sergio Martín, venía tres veces a la semana por mi calle, se amarraba los pasadores en mi ventana, y seguía de largo.

Una tarde me hallé conversando con Gabriel en la esquina de la calle a eso de las cuatro y treinta y dos. Me contaba sus problemas – supongo que era más fácil contarme sus cosas simplemente porque era yo, su amiga. Tenía tantas cosas en la cabeza que apenas podía hablar, de sus ojos brotaban lágrimas, abría la boca y… Era todo tan árido que no pude evitar pensar que Gabriel quería morir.

Y su alma estaba realmente entercada con tremenda decisión. Recuerdo como una lágrima encontró mi boca – era tan salada que me pareció mas un trago amargo que un llanto gris. La forma en que me decía lo inútil de su vida era tan convincente que no encontraba palabras con qué refutarle…jamás me había pasado esto. Miento. Era la segunda vez en el mes que ocurría, la primera fue con Eduardo, y no encontré motivo alguno por el cual negarme a su tan apetitiva invitación, la otra la tengo en la cara, a flor de piel. No sé que hacer, cómo moverme e incluso cómo hablar. Gabriel me tenía entre su espada y mi pared.

martes, 25 de diciembre de 2007

Gabriel decide morir (Pt.1)


No sabría como comenzar esta historia. Aunque todos las conocen, se hacen los “locos”. Es más fácil olvidar una historia triste que una feliz. Así que, sin más, comenzaré y no pararé hasta que se recuerde la sombría tarde en la cual Gabriel encontró el fin de toda vida, el máximo secreto del mundo, la cruda verdad del destino, y decidió morir.

Gabriel no era más que un alma errante, colocada estratégicamente por el universo en una paralela a la Avenida Larco, en una casa de dos pisos, pintada de un coral rústico que no llamaba la atención, con tres jardincitos justo al frente de la puerta del garaje. Además, desde afuera, limitaba a todo observador, con amplias cortinas –jamás abiertas y empolvadas– que dejaban mucho a la imaginación. Tenía un perro, algo fino y labrador. Siempre lo escuché ladrar al camión de la basura, me molestó el hecho de que no parara de aullar a la luna cada vez que había una –y es que nunca tuve un perro, pero si hubiera tuviera uno alguna vez, hubiera querido que fuese como él (del cual no recuerdo el nombre, pero me gusta mencionarlo cada vez que puedo).

En fin, no toda la cuadra estaba tan al pendiente de la fachada coral rústico como yo. Siempre había estado al tanto de Gabriel más que nada por su hermano Sergio Martín. El tocaba la batería como los mismísimos dioses y, aunque digo esto con un cierto tono de ironía, jamás pasé una tarde entera sin escuchar sus baquetas arremeter contra algún platillo, tratando de evocar los solos de John Bonham. Ése era Sergio Martín, y esa era su batería.