“and if you believe in dreams
or what is more important
that a dream can come true
i will meet you”
Lunes, martes.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco,
seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece.
Martes trece.
Fue algo así como esperar más de seis (seis veces seis) horas parada, y a veces sentada, en la colita que se bifurcaba entre trescientos siete y doscientos setenta y algo. Y la gente que llegaba, y la gente que saludaba, y las risas y los cigarros y la comida.
Las cinco, las seis, las siete.
Las siete, y a entrar. Y a correr.
Y a esperar, y a gritar, y a reír.
Y los tantos “no puedo creerlo, no puedo, no puedo”.
Y los excesivos “no quiero más, me duele t-o-d-o, al demonio, me voy”
Y las siete y media, y las siete y cuarenta y cinco, y las ocho, y las ocho y media.
Y las ocho y treinta y cinco, ocho y cuarenta, ocho y cincuenta. Sin flash, por favor.
Y las nueve. Y Björk.
Y todas las canciones, y sus saltos, y las sonrisas, y todo lo demás que ya sabes: o porque lo leíste en otro lado, o porque bien estuviste allí.
Y la casi hora y media de sudor, y apretones, y falta de aire, y calor sofocante. TODO fue grandioso. Definitivamente el mejor concierto al que he ido, después del de Rogelio Aguas.
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jueves, 15 de noviembre de 2007
Ah, Björk.
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