martes, 29 de enero de 2008

De sandías y agujeros.

No sé, quizás bastaría con dos bastardos más en la barra,
burlándose bucólicamente de barbudos personajes.

O tal vez crujientes cáscaras de coloridos caparazones
que carezcan totalmente de corazonada alguna,

o irónicos juegos de azar,
y trivias consonantes,

y de palabras, y de rimas.



En realidad a veces sueles ser tan refrescante como un bocado de sandía helada, pero me temo (como es costumbre) que de acá a un par de horas tendré un nuevo agujero en el estómago.


El terrible agujero que dejan las sandías, y el aún más terrible temor que le debo a los agujeros.




Un nuevo agujero no es para nada gratificante, darling.

jueves, 17 de enero de 2008

Lips like sugar (o un breve deleite de cinco y cuarenta y nueve pe eme)

The king of siam
and my siamese twin
alone on the river
mirror kisses
mirror kisses


Pasaron dos, hasta cinco minutos, pero Paula esperó pacientemente. No tenía dinero como para darse el lujo de largarse en taxi: debía esperar a sus fieles tigres de la quinientos veinticuatro de seis de la tarde. Estaba un poco cansada, y jugaba con su pie derecho mientras miles de taxis desfilaban por su nariz, como si Dios estuviese sacándole pica de la estúpida sobrepoblación del parque automotriz de servicios de taxi de Lima y su condición austera de céntimos. Entonces sucedió: se le cayó el encendedor que llevaba en el bolsillo de su cartera. ¿Cómo sucedió eso? No lo sabe.
A continuación, un muchacho alto que vestía un terno elegante, y que no llevaba nada más (no como si lo necesitase), se agachó, lo recogió, y extendió su brazo en dirección a la un poco más que boquiabierta Paula. Él sonrió, como si no hubiese otra cosa que hacer. Ella le devolvió la sonrisa, pero sólo media y de costado, como ella bien sabe hacerlo. Y antes de que pudiese agradecerle, un tigre se abalanzó frente al asfalto que albergaba a éstos dos extraños, y subió primero ella en su no tan favorito asiento detrás del conductor, y luego él, pero adelante. Entonces, y justo como era de esperarse, Paula se dedicó a escuchar música mientras se deleitaba con la vista que le permitía el muy ancho espejo de aquel tigre: un cuello largo, larguísimo, y una manzanosa garganta que se estiraba, y que callaba mucho hasta entonces. Paula no recuerda cosa más cómoda que la vista de los labios del muchacho alto en terno, pues eran definitivamente de los más bonitos que ella había visto en su vida.
Por más que cruzaron más de cuatro o seis miradas, ella decidió no hacer más y dejárselo todo al pequeño juego de azar: si debían verse en otra ocasión, y compartir por un segundo o dos algún bonito encendedor, sucedería. “Hasta pronto labios bonitos, esquina bajan”.

martes, 15 de enero de 2008

Al lado del camino (o cómo tomar una decisión)


Me gusta estar a un lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa
me gusta regresarme del olvido
para acordarme en sueños de mi casa
del chico que jugaba a la pelotadel 49585




Debes elegir uno de estos dos caminos, pero sólo uno. El de la izquierda parece ser más sincrónico, simultáneo. Te hará reír, y podrás entenderte fácilmente con él sin necesidad de explicaciones minuciosas, pero es bastante verde. El de la derecha, por otro lado, aparenta ser realmente seguro, confiable. Inventará mil formas de tenerte feliz y contenta, pero se encuentra lejos del rango común que usualmente escogerías.

Definitivamente, Paula estaba en aprietos. La sola idea de tener que elegir le causaba horror, hacía que su pecho se enfriase y que le resultara dificilísimo respirar e incluso pensar claramente. Nunca fue buena para hacer elecciones, pero siempre había manejado sus emociones a la hora de hacerlo, entonces ¿por qué ahora se le hacia tan difícil? ¿qué camino debería escoger?

miércoles, 9 de enero de 2008

All you need is love (o buenas galletas de chispas de chocolate)




There's nothing you can do that can't be done
nothing you can sing that can't be sung
nothing you can say but you can learn how yo play the game
it's easy
.


Eran algo así como las diez de la mañana, y Paula despertó con la idea de que era el cumpleaños de M. Así que se levantó, buscó algo de ropa y zapatos y salió de su cuarto en dirección a la cocina. Y así como de casualidad encontró un pequeño libro de indulgencias pecaminosas. Sí, había encontrado el libro de chocolates y galletas que hace tiempo había dado por perdido. Así que se dijo a sí misma: "Bueno, dado que la casualidad me devolvió mi libro, dejaré que ella misma decida qué le prepararé a M". Dicho y hecho, abrió la lista de delicias y dejó que su índice le indicara, muy al azar o premeditadamente, lo que iba a preparar. Y como por arte de magia fueron precisamente las galletas de doble chispas de chocolate las que capturaron su dedo. Bien -dijo, y salió a comprar sus ingredientes faltantes: harina y chispas. Malditas chispas, nunca antes habia podido conseguir las chispas pero hoy parecía un buen día para encontrarlas.

Salió, y cruzó dos parques y dos avenidas antes de llegar al "mercadito". Y entró y le preguntó a la primera casera: "¿cuál es la diferencia entre harina preparada y sin preparar?", a lo que ésta respondió: "la preparada tiene levadura". Bien, me llevaré esa - dijo, pues recordó, además, que no tenía polvo para hornear y sería un total fiasco galletero de chispas si no crecían bien las pequeñas. ¿Tienes chispas de chocolate, o trozitos pequeños? - agregó. El gesto negativo de la cabeza de la caserita la desalentó un poco. Y estaba a punto de irse cuando alguien la detuvo y le dijo: "al fondo a la derecha y luego a la izquierda encontrarás lo que estás buscando". Paula no lo pensó dos veces, y fue. Exactamente como le dijo el extraño encontró las chispas, y compró algo así como cinco soles ochenta. Era bastante, así que regresó a su casa, luego de cruzar las dos avenidas y los dos parques.






Galletas de cumpleaños

Un tazón, azúcar, dos tercios de margarina (casi todo el paquete, lo que queda es para engrasar los moldes), un huevo, dos tazas y un poco más de harina, esencia de vainilla (como dos cucharaditas nomás): una masa. Una muy divertida masa, risas. Y ahora pequeñas bolitas. Más risas. Prender el horno, riendo, y meter los moldes. Esperar quince minutos como dice la receta para darse cuenta de que todavía les falta. Reir incluso más, y sacar los moldes con guantes de cocina extremadamente grandes y cómicos. Dejárlas reposar diez minutos en el molde, y luego pasarlas a una cesta previamente arreglada por mami para que sea el regalo perfecto. Adjuntar una nota de cumpleaños con el reverso del artículo de Serrat y Sabina del Comercio. Ir a ilegalizarse un poco con un polaco. Regresar, cambiarse e ir a los previos de whisky: entregar el regalo. Risas y whisky.




domingo, 6 de enero de 2008

Quince dos puntos cero tres (o 15:03)

Paula llegó de madrugada a su casa, luego de despedir a uno de sus queridos amigos en, literalmente, el culo del mundo. La había pasado tan bien toda la tarde en ese sábado que no prometía mucho, subiéndose en una combi con destino errante de coordenadas "te-bajas-pasando-el-rancho-y-te-metes-en-la-calle-Sor-Matte", y llegando a divagar por mil pequeños parques inundados de niños, risas y bicicletas formidables. Sí, eran tantos los niños, las risas y los parques que Paula y su amiga Anairam se frustraron un poco en su vago intento de ilegalizarse un poco, hasta que lo consiguieron (Paula muchísimo más que Anairam) y rieron en un lugar llamado "La Piccolina", o algo así. Y caminaron muchísimo luego, y se rieron de peces Guppy (que eran Yupi) y de la maldita escasez de Goldfish de la tienda de mascotas.
Paula cerró los ojos por un par de minutos (o al menos eso parecieron) y luego apareció casi instantáneamente con Anairam en la casa de la pequeña y dulce Ipince. Entraron, subieron, comieron algo de bocaditos chinos, y luego bajaron porque Lucero y Gino esperaban con el taxi que los llevaría, literalmente, al culo del mundo. A Paula generalmente no le molesta ir en automóviles por toda la gran inmensidad de Lima, pero sí que la tilden de niñita aristócrata ignorante de sitios como San Miguel o Bellavista: le exaspera totalmente. Entonces llegaron y, como era de esperarse cuando hay una baraja de naipes cerca, jugó con sus destinos. Anairam e Ipince fueron las más entusiasmadas, y las más sorprendidas con el resultado de aquellas cartas. Lo que siguió de la noche fue alcohólico y entretenido, hasta el arribo del taxi a las tres y media (o un poco más). Y el trayecto de regreso cargado de anécdotas y chismes, y cosas por el estilo, hasta la llegada que comenzó esta historia.

Paula no tenía sueño, así que prendió el televisor luego de quitarse la ropa, claro, y lavarse los dientes. Cerró los ojos ya en su cama, again, y se dio cuenta de que eran como las cinco y media, y estaba amaneciendo. Se asustó, y decidió dormir: sería un día bastante agitado el que la esperaba.